EL JEROLÍTICO (Edad de la piedra Sagrada)

La Mitología como Fuente y como Llama que ilumina el Espíritu de la Piedra en la Prehistoria

Juan José López Gutiérrez

Doctor en Derecho

LÓPEZ Gutiérrez (Juanjo). (2001 y 2006): La Mitología como Fuente y como Llama que ilumina el Espíritu de la Piedra en la Prehistoria Revista Omnia, Editada por Mensa España, Nos 131 Mayo y 132 Junio, Barcelona, ISSN 1696-6775 | Depósito Legal: B-156552001. http://galeon.com/martin-cano/juanjolopez.html

RESUMEN: El animismo en que vivían nuestros ancestros hacía que todo su entorno fuera sagrado. En todo latía el espíritu que se "encarnaba" en el aire (el aliento, l'elan vital) y en el agua, que eran los elementos fecundadores de las hembras. Para representarlos, sin embargo, preferimos hacer uso de la piedra, el árbol (la madera) y el fuego, cuya chispa es el alma de la piedra y la madera, en las cuales se resguarda. Por eso erigimos menhires, en memoria de los muertos cuyo espíritu (el mismo que el de los ancestros, el mismo que el del clan, el nuestro, o sea: totémico) se regenera en nuevos seres vivos cuyo nacimiento depende de muertes anteriores. Pues al igual que los ciclos estacionales naturales se renuevan anualmente, también de nuestra muerte nace la vida de los que nos seguirán.

Se propone que si bien el término Paleolítico (Edad de la Piedra Antigua) es el adecuado para los historiadores, a esta época en Antropología debería denominársela JeroLítico (Edad de la Piedra Sagrada).

Pigmalión esculpió en piedra el cuerpo de una mujer a la que llamó Galatea y le salió tan hermosa la escultura que se enamoró de ella, por lo que pidió a Afrodita que le infundiera vida, a lo que la diosa accedió, y pudo unirse a ella y de ella tuvo hijos...

Este mito, que parece un bello cuento menor, refleja algo más profundo que es el sentimiento del hombre primitivo en relación con la piedra, en la cual se encarnaba el espíritu, la vida -el espíritu que anima la vida y la naturaleza-, en la Prehistoria. Es más, las piedras son los huesos de Gea, la Madre Tierra.

Una afirmación tan extraña y rotunda requiere explicación y comentarios, glosas y exégesis que podemos encontrar en la mitología.

El término griego hieros significa "sagrado" y litos, "piedra". Sacralizar algo implicaba tabuarlo, impedir su contacto, por el peligro que entrañaba para el grupo, siendo la muerte, las divinidades y la sangre menstrual sus mejores exponentes. Los reyes eran sagrados, antes de divinizarlos, y no podían ser tocados -aún sigue la prohibición con el mikado japonés- no sólo porque cualquier daño que se le ocasionara repercutiría en un mismo perjuicio para su propio grupo ya que en él se encarnaba el espíritu de los ancestros, sino porque el poder que le daba su carácter sacro podía poner en peligro a los que se le acercaran. Nolli me tangere, dijo Jesús a su madre María y a Magdalena tras haber resucitado, "no se os ocurra tocarme", pues acababa de regresar del mundo de los muertos. Moisés estuvo a punto de sufrir un percance fatal al ver a Yahvé en el monte Sinaí y Sémele quedó carbonizada ante la vista de Zeus. El tema es más complejo pero, en relación con el tema que nos ocupa, baste con esto por ahora.

Dicho lo cual, recordemos varios mitos sobre piedras:

Deucalión (el Noé griego), rey de Ftía, y su mujer Pirra repoblaron la Tierra tras el diluvio universal, arrojando piedras hacia atrás y cubriéndose la cabeza (remedando los gestos de la siembra, o para no mirarlas, no fuera que quedaran a su vez petrificados ellos mismos), obedeciendo el consejo de Temis: "arrojad hacia atrás los huesos de vuestra madre", lo cual entendieron que se refería a las piedras de la Madre Tierra...,

no necesitamos interpretar, retorcer, el mito, cuyo texto lo dice expresamente: las piedras son los huesos de la Madre Tierra y, si los sembramos, de ellos renacerán seres vivos.

También lo sabía Cadmo quien,

al fundar Tebas, sembró en la tierra los dientes (huesos) del dragón Aonia que protegía la fuente Aretíada (la serpiente fue siempre símbolo de la Diosa Madre), al cual había vencido y matado con su lanza, y de esa tierra surgieron ya armados los spartoi ("sembrados") que combatieron entre sí, sobreviviendo los cinco de los que nacieron los cinco linajes de nobles tebanos...,

y los griegos pelasgos, procedentes de Palestina a mediados del IV milenio, quienes proclamaban su descendencia de los dientes (huesos) de la serpiente Ofión.

Ahora entendemos que Rea, harta ya de entregar a su pareja Cronos los hijos que ella paría para que su padre los devorara, cuando nació Zeus

le dio a comer una piedra envuelta en pañales en lugar de su hijo Zeus y Cronos se lo tragó, sin percatarse del engaño.

Informados como estamos ya al respecto, no resulta extraño que Cronos se tragara la piedra que Rea le dio en el lugar de Zeus: simplemente le engañó haciéndole creer que había nacido muerto. Cronos se tragó la piedra, el engaño, el muerto.

Hasta los evangelistas lo sabían. Mateo en III, 3.9 y Lucas III,8, aseguran que

Juan el Bautista proclamaba que Dios puede "de las piedras hacer nacer hijos de Abraham".

El escéptico lector puede pensar, y ése es su privilegio y su derecho, que estas interpretaciones pueden ser producto de una mente fantasiosa, quizás calenturienta, para llevarse el gato al agua, retórica poética que puede ser ingeniosa como metáforas y juegos de palabras, pero que no tienen por qué ser confirmadas por la realidad histórica. A eso debo contestar que los mitos durante milenios han constituido el acervo cultural, el derecho y la moral, y el medio de comunicación y aprendizaje de las tribus primitivas (hasta en la Edad del Hierro, incluso hasta nuestros días), por lo que bien fuera una vivencia mística de nuestros ancestros con su entorno natural, bien fuera enseñado y aprendido por la mitología, el resultado es el mismo: que las primeras tribus sintieron (o aprendieron a ver) latente en la piedra el espíritu vital.

Es más, en el alma de la piedra está el espíritu, valga la redundancia, pero no sólo el espíritu de la piedra sino el espíritu del grupo, de los ancestros, y de la naturaleza que conforma su medio, pues el espíritu de las tribus primitivas animistas animaba -así interpretábamos nuestra realidad, como los niños, no en vano nuestra mente estaba todavía en una fase infantil-; el espíritu, digo, daba vida a todo nuestro entorno natural que incluía no sólo las plantas y animales, entre los cuales nos comprendíamos, sino también los ríos, los árboles, la tierra, las montañas, las piedras...

Si esto era así, no parece que para este viaje necesitáramos estas alforjas. Si el espíritu animaba todo -éramos animistas, místicos, y nosotros no éramos sino parte de ese todo- es natural que se encarnara, o manifestara, en la piedra pero no sólo en ella sino también en los árboles, los ríos, las montañas..., en todo. Pero no. Nuestros ancestros del Jerolítico asociaron nuestros huesos con las piedras de la tierra y asumieron que en ellos residía el espíritu vital, incluso después de muerto. Más aún, era el espíritu de la vida en el cadáver del muerto el que hacía posible que el grupo al cual pertenecía pudiera seguir vivo, el que aseguraba la supervivencia del clan (de la especie), y que incluso lo revitalizara. Y esto ya parece demasiado, a no ser que consigamos una convincente explicación.

La estatua de piedra con cara de mujer, cuerpo de león alado y cola de serpiente, era la esfinge protectora. El término "esfinge" es griego pero proviene del egipcio shesep-ankh, que significa "imagen viva". Imagen viva en la piedra donde se encarna el espíritu del muerto. Pero esto qué es? un puro juego de palabras? en qué quedamos? es la piedra el espíritu del muerto... o de lo vivo?

Ha llegado el momento, para el lector no avisado, de informarle que para nuestros ancestros el concepto de Muerte es el mismo que de Vida. Para ellos la vida no acababa con la muerte sino que era de la muerte de la que surgía la vida. Veamos:

Los ritos son representaciones dramáticas de los mitos. Pues bien, en los ritos de Atis en Frigia, Adonis en Chipre y Fenicia, el asirio Tammuz/Dumuzi en Mesopotamia, Dioniso en Eleusis y como Zagreo en Creta, Osiris en Egipto, y tantos otros más, en todas las culturas, incluidas las americanas y las asiáticas, la víctima sacrificada lo era para, troceando su cadáver, como se hace desgranando el cereal, poder luego sembrarlo y que de lo enterrado, y podrido bajo tierra, surgieran nuevas plantas (nuevas vidas), muchas por cada una de las que previamente tuvimos que enterrar. Obviaremos los detalles, como el de que hubiera que controlar al público asistente para evitar que, en el entusiasmo de la ceremonia, o en la histeria colectiva si se quiere, se autoemascularan para imitar a la víctima y poder participar activamente en el ritual. Ya he escrito en algún otro lugar, y no me duelen prendas repetirlo, que si una cultura es más o menos civilizada según su capacidad de sacrificio y sufrimiento en beneficio de las nuevas generaciones, ninguna cultura fue más civilizada que aquélla en que se realizaban sacrificios humanos, cuando eran voluntarios. Pero no me voy a explayar. Baste con la idea de que la muerte sacrificial, ritual, era regeneracional, pues gracias a ella era posible que siguiera la vida para todos, para el grupo y para la naturaleza en general.

Y ello nos permite definir lo "sagrado" como todo lo relacionado con la muerte, incluyendo la vida en su manifestación en ciclos estacionales, como ocurría con los ritos y las divinidades agrícolas, o de todo aquello que anunciara el (re)nacimiento, como la sangre menstrual. Y como el demiurgo que hacía posible la regeneración estacional de la Naturaleza, de las plantas, de los nuevos nacimientos en el propio clan, era el espíritu del muerto, podemos concluir que el mundo sagrado, espiritual, era todo lo relacionado con la muerte, el propio espíritu (del muerto y también, en general, de toda la naturaleza) y su posterior previsible (re)nacimiento en nuevos seres vivos en los cuales se encarnaba. Todo lo cual se significaba con la piedra erigida en vertical en santuarios donde enterrábamos al fallecido, puesta en pie como símbolo totémico -señal de identidad- del espíritu del clan (i.e.:, de los ancestros) que se (re)encarnaría en nuevos seres miembros de la tribu, asegurando la supervivencia de su grupo. Importante, no? E ingenioso, vive dios. La piedra era, pues, sagrada, en especial la utilizada en rituales (menhires en santuarios) como representación del espíritu del clan (de los ancestros). [Cuando escribimos "(re)" lo hacemos para significar que los (re)nacimientos, (re)generaciones lo serían de la naturaleza o del clan como grupo colectivo y no como resurrección o reencarnación del propio individuo fallecido, lo que sí ocurriría después, en pretensiones más recientes, vigentes todavía.]

Ya como Homo Sapiens Arcaico, anterior a nuestra especie, hace más de 200.000 años inhumamos los cadáveres. Habíamos tomado ya consciencia de nuestra propia muerte, de la muerte y renacer del Sol en cada día y del eterno retorno del ciclo estacional, en que la vida aparentemente muere pero luego renace con nueva vitalidad. E imitando a nuestra Madre Gea, la Naturaleza, de cuyo vientre en el subsuelo renace la vida en manantiales, en la vida vegetal de las semillas enterradas, en los árboles que hunden las raíces bajo tierra, nos enterramos en su seno para repetir en nosotros el ciclo vital que aseguraría nuestra supervivencia como una especie más.

Novare aut perire, "renovarse o morir", dice mal el adagio latino, cuando lo correcto para nuestros ancestros era perire ut novare: era necesario "morir para poder regenerarse".

Ahora ya podemos continuar. El paréntesis era necesario para aclarar que no se trata de un juego de palabras, más o menos ingeniosas, con la intención de embaucar. No. El tema es serio, no retórico, nos iba la vida en ello, nuestra supervivencia como especie, y de acuerdo con el tema recuperamos la gravedad.

Así pues, adoptada la piedra como signo, y símbolo, del espíritu del fallecido, de cuya muerte dependía la continuación de nuestra vida en nuestro grupo y nuestro entorno, erigimos menhires de piedra en los santuarios donde enterrábamos el cadáver, sobre todo si éste había sido objeto de muerte sacrificial. De paso, cuando los monumentos se hicieran megalíticos, marcarían el territorio de la tribu y servirían de señal para extraños ajenos a nuestro clan, pero éste fue un valor añadido compatible con su sentido original de recordarnos el espíritu del grupo (y por lo tanto totémico).

Por otra parte, si bien el espíritu embargaba todo nuestro entorno y nuestra vida diaria, no podíamos sacralizarla por completo en toda nuestra rutina cotidiana, eso nos habría sobrepasado y bloqueado cualquier actividad, por lo que tendríamos que limitar la sacralización a momentos periódicos en los que, mediante el rito, pudiéramos hacer presente el espíritu de la Naturaleza y el de nuestros ancestros, que era el mismo, y centrar en ello toda nuestra atención.

Los griegos, los mesopotámicos, todos, todas las culturas, hasta los incas del Cuzco, estaban convencidos de que la vida del ser humano está latente en las piedras, y por eso a los difuntos se les representaba con monolitos que erigían con motivo de su enterramiento. Que luego esa piedra sagrada se esculpiera, como en la isla de Pascua en el Pacífico, para que se asimilara al muerto -o al ser humano, en general- es un proceso natural que devino en la escultura como un modo de dar vida al fallecido. Por eso

Laodamía dormía con la estatua de su amado Protesilao, que murió el primero en Troya, tal como había sido vaticinado, por haber sido el primero en desembarcar, y cuando quemaron la estatua, ella se arrojó a las llamas para morir con él.

En el origen, pues, de la escul-tura está la piedra como alma de los muertos. De piedra fueron las primeras representaciones del espíritu del fallecido, los menhires, orígenes de las imágenes, pues en las piedras, no nos cansaremos de repetirlo, se esculpiría su representación abstracta o teriomórfica, que luego estilizados, más abstractos, serían obeliscos.

La vida que latía en la escultura de Galatea se expresa también en otro mito, el de Lelaps y Teumesia, un perro y una cierva:

Lelaps, "huracán", era un perro de caza -de Céfalo- en Tebas al que los dioses le habían concedido el don de no fallar jamás alguna pieza. Teu-me-sia (o Alopex-eco) era una zorra que, en Tebas, saqueaba impunemen-te no sólo los gallineros, sino también algún niño cada año, pues los dioses le habían concedido el don de no ser jamás cazada. Azuzaron a Lelaps contra Teumesia. Fue en las llanuras de Tebas. Todo el mundo quiso verlo. Ninguno de los dos podía fallar: Lelaps no podría dejar de cazarla, pero Teumesia no podría ser cazada, qué ocurriría? Por más que co-rrían los dos, cuando Lelaps se lanzaba a su cuello, Alopex le hacía un quiebro en seco y el perro derrapaba con las cuatro patas tiesas. El resultado era incierto y todo-o nada- podía ocurrir. Hasta que en una curva Lelaps la cerró bien y saltó definitiva-mente sobre ella. Ella tam-bién saltó..., y en pleno salto estaban los dos cuando quedaron convertidos en piedra.

Ganaron los dos. El caía encima ya, ella no había sido cazada. (En otra versión eran un Can y una Liebre que, glorificados por sus hazañas, se persiguen eternamente en el firmamento de noche como constelaciones). La historia de Lelaps y Teumesia es una parábola exquisita y pedagógica, por más que aparentemente fuera sólo un elogio hiperbólico ensalzando una estatua fascinante.

Por lo demás destaca el hecho de que las primeras estatuillas mágicas con el fin de fertilizar -fueran de piedra, madera o terracota- eran todas figuras de diosas. Eran femeninas, sí, con mamas y caderas abundantes, como las venus ucranianas o las de Obeid, Ur, o las checas de Dolni, de hace más de 20.000 años, que insinuaban el triángulo del pubis -demiúrgico, el signo femenino es todavía la letra del triángulo, la delta griega D- para que, clavadas en el suelo, por magia de contacto, simpática o mimética, hicieran fértil la tierra donde probablemente se enterraban. Son femeninas, sí, las estatuillas que se excavan, tanto más cuanto más antiguas son. Pues

en el origen fue la diosa (Gea) y todo lo demás se engendró en ella.

Si de piedra era el menhir, también de piedra eran las tumbas excavadas bajo roca, y de piedra -o madera- era la barca en que el difunto viajaba al más allá, o la de Ammón Re hacia su tumba por el Nilo, o las navetas de piedra de Menorca o la barca de piedra de San Andrés de Teixidó. De piedra serían, cómo no, las lápidas mortuorias, y de piedra los kouroi y sirenas que protegían las tumbas de los muertos.

Por asociación con la piedra y por su mejor manejo eran de madera los ataúdes, las cajas de los muertos. Y de arcilla las urnas, en épocas del Bronce, con las cenizas del incinerado que, volviendo a sus raíces, serían en todo caso luego enterradas en cámaras subterráneas en su tierra natal.

Así pues, si sabemos que la piedra (o sus huesos) es el espíritu del muerto y por lo tanto lo es también de una nueva vida, no nos extrañará que figuras de piedra o de barro hayan cobrado vida, además de Galatea..., como ocurrió con Adán (y de su hueso, Eva) o el primer hombre a quien Prometeo insufló la chispa del fuego en su figura modelada de la arcilla.

Porque el alma del fuego, la chispa, está en la piedra..., como también se encarna en la madera, pruébenlo, basta con encenderla. Acaso no está viva la llama del fuego? es por eso que nos fascina? o quizás porque la sigamos inconscientemente viendo como el espíritu que reside en la piedra y la madera?

Héracles había prometido a su madre Alcmena en Tebas que cuidaría de su hermano mellizo Ificles y que volvería con él de la guerra que iba a entablar contra los moliónidas de la Elide, pero dado que Ificles cayó muerto en la batalla, lo incineró para cumplir su promesa de volver con él a Tebas, lo cual hizo con la urna en que portaba sus cenizas, para darle sepultura en su tierra natal,

lo que sugiere que la incineración se instituyera con este objetivo, el de permitir traer los restos de los fallecidos en batalla fuera del territorio de su clan. Esto es, que la incineración pudo ser un efecto secundario de las guerras que se institucionalizaron -con ejércitos profesionales y caudillo al mando- en la Edad del Bronce, fechas en que coincide con la cultura de las urnas con cenizas de los incinerados.

Retomando el tema de la espiritualidad sagrada de la piedra y la madera en los ataúdes, como las piedras son los huesos de la Tierra, y como de la tierra también son los árboles (la madera), donde se esconde la chispa -el alma, del fuego-, no es de extrañar que los ataúdes, las cajas sagradas, los "sarcó-fagos" (que comen lo sagrado, el cuerpo que se encierra dentro) fueran de piedra, de arcilla o de madera, de acacia o de ciprés, de hoja perenne como símbolo de la inmortalidad.

Ahora ya podemos entender que el mito nos avise que el héroe de quien se trate está llamado a regenerarse (divinizarse, nos atrevimos luego) cuando relate que fue arrojado al agua en una cesta o caja, como ocurre en el caso de Edipo, de Auge con su hijo, de Hipótoo, de Pelias, de Anfión, de Egisto, de Moisés, o de Rómulo romano o del persa Ciro, todos ellos descubiertos y anunciados por pastores. O la misma arca de la Alianza que, al contener el dios (el espíritu de su clan, tribu o pueblo), lo diviniza como sarcófago sagrado, por más que estuviera aparentemente vacía ya que el dios de los judíos no podía ser representado. O el arca de Noé, de la que sobrevivirá una nueva generación, ésta de todos los seres animados, hecha de madera de acacia como la barca mortuoria de Osiris. Afrodita encerró al fenicio Adonis (señor, adonais, Tammuz en Mesopotamia) en un cofre que entregó a la diosa de la Primavera, Perséfone, para que lo guardara en un lugar oscuro. Y eso que Perséfone vivía en el Hades, el más oscuro reino, subterráneo, el de los muertos.

Más aún: Si el arca sarcófago se introduce en agua (río, mar...), no es difícil asociarlo con el líquido amniótico que recubre el feto del ser que va a ser alumbrado (dar a luz, salir del oscuro vientre de la madre-tierra). El bautismo era un rito de adopción, extrayéndose del agua de la que va a nacer al adoptado, representando su inmersión y salida como si se tratara del líquido amniótico, y la nueva madre simulará dolores de parto o realizará un ritual en el que se hará pasar al adoptando a gatas por entre sus piernas, institucionalizando de este modo la entrada del nuevo hijo en su nueva tribu. Por eso

Peribea simuló dolores de parto en la costera Sición cuando recogió del agua la cesta en que fue abandonado el bebé Edipo.

Ya va casando todo.

Las arcas -cajas, cestas..., de piedra, de arcilla, de madera- no son, pues, sino el lugar apropiado para que los cuerpos humanos, enterrados bajo tierra (la redundancia es expresa), puedan renacer, regenerarse, como lo hacen las plantas y todos los seres animados, desde el vientre de la Tierra.

El ateniense Demofonte, rey de Tracia, enloqueció al abrir el cofre que le había regalado su esposa Fílide. De la "caja (el vientre)" de Pandora (la primera mujer, la Eva griega), salieron ("nacieron") todas las desgracias humanas (esto es, los seres humanos). Acrisio encerró a su hija Dánae en una celda bajo tierra, donde Zeus la fecundó con su lluvia de oro, engendrando a Perseo cuya vida salvó su madre Dánae arrojándolo al mar en un arca de madera. Fegeo encerró en un arca a Arsínoe antes de venderla al rey de Nemea. Cicno, llamado así en honor del cisne que le salvó de las aguas cuando al nacer fue arrojado al mar, encerró a su hijo Tenes en una urna que a su vez arrojó también al mar. Cípselo (colmena) de Corinto fue escondido por su madre Lábdaca en una colmena (alacena?) para que no lo mataran, siendo el cretense Glauco re-generado por Melampo desde la tinaja de miel en que se hallaba encerrado (tumbas en forma de colmena las había en Micenas y en Creta). Remedando la muerte sacrificial predictible de su esposo Héracles, Deyanira guardaba en un cofre la camisa envenenada con que habría de incinerarle, por lo que esta prenda no podía ver la luz del día hasta tanto llegara el momento de vestir con ella a Héracles, cuyo cuerpo abrasado dio nombre a las Termópilas (pasaje ardiente).

También Reo fue expuesta al agua en un cofre por su padre Estáfilo. Por cierto que arribó a la isla de Delos donde parió a Anio, primer caso -único?- de un nacido en Delos, pues en la isla donde nació el dios-Sol de la luz, Apolo, estaba prohibido nacer, enfermar o morir (dominio éste de la diosa del Averno adonde la luz no llega jamás).

Apolonio de Rodas define expresamente a la nave Argos de los Argonautas como vien-tre de la madre. El ataúd de madera tomaba la forma de un barco para realizar el viaje a la ultratumba por las aguas de Caronte (insinuando por tanto un vientre donde poder re-generarse).

Hay quien dé más?

Pues más todavía: el tributo que los primeros reyes tenían que pagar por acceder al trono mediante su unión con la (sacerdotisa de la) diosa, era la muerte sacrificial (voluntaria y en beneficio de su clan). Ya lo decía Anquises, seducido con engaños por la diosa Afrodita: que ya no había remedio, que no podía escapar de la muerte el que hubiera copulado con la diosa.

Pues bien, tiempos después, cuando el rey sagrado quiso romper con esta tradición y escapar de la muerte ritual, buscó subterfugios: substitutos, niños, efigies..., que fueran sacrificados en su lugar para revitalizar a la naturaleza (y a los miembros del clan al que pertenecía, o más concretamente a la próxima cosecha estacional), mientras ellos simulaban su propia muerte y tras el sacrificio "renacían". No otro era el ritual de la sed de los faraones, tan cercanos a nosotros como la XIX dinastía y posteriores, en que simulaban su muerte por unos días para regenerarse con más vitalidad y lucidez. Pues bien, en los mitos griegos reyes como Enopión de Hiria y Euristeo de Micenas se escondían temporalmente en una urna de madera o de piedra bajo tierra o excavada en la roca, sarcófagos en sus tumbas, el primero cada vez que se le acercaba Orión y el segundo cuando el que llegaba era Héracles (lo que sugiere que simulando una muerte "real", escapaban de la muerte ritual).

Profundizando en el tema de los árboles, drys es el nombre griego del roble y druida el sacerdote, el consagrado, el hombre-roble, hijo del roble. Para los celtas el muérdago y el árbol en el cual crece, si éste era el roble, eran objeto de culto y de veneración en la época romana. En la India y otras partes de Oriente se sigue desposando con árboles a hombres y mujeres. El árbol protege la casa, por eso en muchas culturas se planta uno delante de ella cuando nace un hijo. Nos protegen incluso de los dioses pues los despistamos si colgamos algo de sus ramas. Los dioses saben ver lo que ocurre en el cielo, en la tierra y en los mares, pero no en los espacios intermedios. Por eso, dicen, en la Tracia de las ramas colgaban a los muertos (era otro el motivo que nosotros conocemos pero que no procede desarrollar ahora: remedaban los frutos colgantes para incitar al árbol a que los diera en abundancia), o Dédalo colgaba las muñecas, o Rea metió a Zeus en una cesta colgada de una rama, para que Cronos no lo pudiera ver. El mismo Vellocino de Oro pendía de un árbol para no ser encontrado.

La asociación de la piedra y el árbol no nos parece forzada o gratuita: como la piedra, el árbol era sagrado, y también se detectan en él rasgos ctónicos (subterráneos, del mundo de la diosa, de los muertos), como las raíces, que se entierran. Por eso los primeros santuarios (nemus) fueron bosques naturales. En los totems primitivos egipcios el santuario central de cada nomo era un árbol sagrado. Fueron árboles también los primeros oráculos. El susurro del movimiento de las hojas de la encina con el viento servía de oráculo a los griegos en Dodona y de expresión a los espíritus en Australia, China, Filipinas, Corea... Los miaokia al oeste y sur de China tienen todavía en cada aldea el árbol sagrado (totémico, en que reside por tanto el espíritu de sus ancestros, esto es, el de la tribu). Divinidades con ramas a menudo pueden corresponder a árboles antropomorfizados. Los árboles hacen llover, además de dar sombra y alimento, y madera para la construcción y para el fuego, y para hacer balsas o barcas que nos permitan flotar y transportar sobre las aguas.

Rasgos todos ellos importantes, tanto como para merecer un par de mitos:

El roble de los arios, Zeus, y la encina del Mediterráneo, Hera, se unieron en Dodona, y su noche de bodas duró 300 años,

dice el mito, y dice bien, pues los tres siglos XI a IX en que se fundieron, con graves conflictos, la cultura doria con la nativa griega, se denominan "oscuros" por la falta de datos que tenemos sobre ellos, en los que hicieron crisis los -valores- míticos y sociales de las tribus nativas ante la imposición del nuevo orden patriarcal.

Leto, la madre de los mellizos Apolo y Artemisa, se agarró a la rama de dos árboles, el olivo y la palmera, (o dos laureles) cuando le llegó el momento del parto.

Erisictón, hermano de Forbante, fue mortalmente castigado por la diosa: el motivo y el castigo fueron que

por haber talado un árbol sin el consentimiento de su ninfa (su espíritu) le entró tanta hambre que no paraba de comer, y comía tanto que terminó comiéndose a sí mismo,

lo que estamos a punto de sufrir si no paramos antes la tala del Amazonas.

El árbol no fue sólo el primer tótem (después de lo que sabemos no estamos tan seguros, es posible que el primer tótem fuera de piedra, la piedra), primer refugio, primer huerto, más tarde primer fuego, sino que su concepto se mezcló con el del número, escritura, calendario y alfa-beto (tema este algo extenso que no podemos desarrollar aquí pues nos alejaría del que ocupa este lugar). Los regalos de los dioses nos llegan todavía de los árboles, en la Navidad.

Y nosotros, perplejos por nuestro origen, durante mucho tiempo seguiríamos presumiendo -seguimos todavía- de nuestro árbol genealógico o hablando de volver a las raíces como metáfora de encontrar nuestros orígenes, curioso, verdad?

Nos atrevemos a dar un paso más?: La mirada (del dios) mata, con-vir-tiéndonos en piedra. Otra frase tan rotunda como extraña. Y ésta también necesita explicación. (Damos por conocidos los elementos básicos de la magia en el mundo primitivo, aunque intentaremos un resumen con algunos ejemplos. Remitimos, no obstante, al lector a estudios sobre la magia como los de Malinowski o los de James G. Frazer en su obra "La Rama Dorada")

Se trataba de predecir las estaciones, los acontecimientos (o catástrofes) y, previéndolas, las provocábamos (o nos defendíamos). No importa que todavía no supiéramos relacionar las causas con los efectos, nos bastó con crecer en autoestima al creernos que la Naturaleza nos obedecía, y con ello nos atrevimos a gestas descabelladas hasta la utopía. Y así, haciendo rodar aros de fuego, por ejemplo, por la ladera de una montaña, ordenábamos al sol que se parara en el punto del horizonte en que llega al solsticio del invierno para iniciar su regreso al del verano. Se imaginan la emoción, el frenesí, que nos embargaría cuando en efecto ocurriera, como en efecto ocurría, que el sol -así lo creíamos- recuperara su vitalidad tras el invierno gracias a nuestras prácticas mágicas?

Si la magia fue un hallazgo basado en el error de asociar los acontecimientos por su contigüidad en un tiempo y espacio determinados, o por el contacto, o por simple semejanza (magia simpática, mimética, homeopática: si similis similem querit, también entonces similia similibus curantur) resultábamos vulnerables en las partes del cuerpo en que más claramente se manifestaba nuestra alma -o espíritu-, como el pelo, nuestro nombre real que guardábamos en secreto, nuestra imagen, la huella del pie, o la sombra que proyectaba nuestro cuerpo..., por lo que la persona sacralizada era transportada -lo es todavía- con sandalias sobre parihuelas para no tocar la tierra y cubierto bajo palio para evitar la proyección de su sombra por el suelo.

La magia nos permitió liberarnos de una actitud pasiva, sufriente, ante las inclemencias y calamidades naturales de las que éramos indefensas víctimas, adoptando otra distinta, arrogante, por la que conminamos a la Naturaleza a comportarse según nuestros deseos. Fue el grito de "basta ya!", el "non serviam!" de Luci-fer (el portador de la luz), el "ni dios ni amo!" de Prometeo, el que nos hizo posible dominarla con la magia, con la medida del curso de los astros y de las constelaciones (el calendario), y más tarde con la agricultura y las canalizaciones.

Pues bien, la representación de un ser vivo (bien plana, como la pintura, bien en tres dimensio-nes como con la escultu-ra) nos permitía -o así lo creíamos, dado el carácter mágico y sagrado con que lo percibíamos- apoderarnos de su alma. Prueba de ello es tanto la pintura de Altamira que nos permitió cazar al bisonte, o al mamut, o a cualquiera que nos pusieran por delante, como la televisión actual por exhibirse en la cual la gente pierde los estribos. Y aún sigue vigente el pánico de miembros de algunas tribus a ser fotografiados o el regusto con que guardamos en la cartera, cerca del corazón, la foto de la persona más querida.

Por último digamos que a las "fuerzas naturales" que queríamos y conseguimos someter las denominábamos (en griego) daimones y que su personificación fue fruto del miedo al espíritu del muerto, pero al ponerles nombre, empezamos con ello a dominarlas. Los dioses, que creamos a partir de los espíritus, comenzaron siendo "daimones" y algunos de ellos se quedaron a mitad de camino, como puras abstracciones, sin llegar a la personifica-ción: la Violencia, el Miedo, por ejemplo, mientras que la violencia bélica mereció su personalización en Ares/Marte. Por otra parte a las divinidades las creamos haciendo divinos (protectores y oraculares: adivinos) a los (espíritus de los) fallecidos en sacrificios rituales quienes, muriendo, se aseguraban la inmortalidad en el espíritu del grupo. En ese sentido era teológicamente correcto que los reyes se confundieran con su dios tribal.

(Por cierto que los dioses, al ser inmortales, se quedan en conceptos huecos, muertos, fríos, mientras que la muerte en nosotros nos hace vivir con pasión, con emociones, que no tendrían sentido ni cabida si viviéramos toda la eternidad. Quizás sea por eso que, aunque

Zeus había sido vaticinado por el oráculo de Temis que un hijo suyo le habría de matar,

él no paraba de copular, como si buscara la muerte desesperadamente, engendrando a quien pudiera destronarle y envidiando a los humanos, que pueden morir y por tanto vivir una existencia real, aunque su muerte sagrada individual les haga realmente inmortales, al lograr con ello que su grupo nunca muera en la vida real, y esto sí que ha resultado un juego de palabras, lindo, verdad?)

Tras estas breves notas podemos ya citar algunos mitos en los que la mirada del dios petrificaba:

Perseo regresaba con éxito de su misión de decapitar a la Gorgona Medusa, cuya mirada petrificaba (mataba). En la boda de Perseo y Andrómeda, el tío de la novia, Fineo, armó un altercado de resultas del cual Perseo mostró la cabeza de Medusa y quedaron petrificados, además de Fineo, Abaris, Actiages, Agirte, Alciónides, Anfimedón, Anfix, Astreo, Atis, Celedón, Clito, Clitón, Cromis, Dano, Elis, Eriteo, Erix, Etemón, Etión, Flegias, Forfante, Hipseo, Lecabas, Molfeo, Nileo, Pétolo, Polidemón, Tésalo, Toactes...

( Hay quien se refiere al mito de la Gorgona como el "mal de ojo", la envidia del vecino que te desea algún daño, y en los tiempos en que éramos animistas confundíamos la realidad con el deseo, por lo que si te deseaban algún mal, era como para echarse a temblar)

Recordemos la visión de Yahvé por Moisés, la de Zeus por Sémele, la conversión en estatua (de sal, estéril) de la mujer de Lot por volver la vista atrás, el velo con que deben cubrirse Deucalión y Pirra para arrojar hacia atrás piedras que se convirtieran en un nuevo pueblo (litos en griego significa tanto piedra como pueblo), o la mirada mortal de Orfeo a su amada Eurídi-ce, por haber querido verla salir del mundo de los muertos, mirando hacia atrás; o la conversión en pie-dras, por la mirada de Hermes, de Aglaura, Bato, y tantos más. Como Arsíone que quedó petrificada al mirar el cadáver de su enamorado Arcenofonte, o Anaxáreta cuando vio el cadáver de Ifis. Por no hablar de la mirada mortal de Medusa, en cuyos pelos de serpientes vio Freud el pánico infantil ante la primera visión del vello del pubis de la hembra. Todavía decimos "quedarse uno de piedra" cuando algo sorprendente nos deja inmovilizados.

Relacionado con lo anterior, la cercanía de los dioses deriva en maldición: dado que su mirada aniqui-la, su presen-cia en nuestra intimidad es origen de los males peores. Véase, si no: asistieron a la boda de Cadmo y Harmo-nía y recuérdese el horrible futuro de sus cuatro hijas: Agave que devoró a su hijo Penteo, Ino que se suicidó con su hijo Melicertes, Sémele carbonizada por la vista de Zeus, y Autónoe que vió a su hijo Acteón convertido en ciervo y devorado por sus propios perros; aceptaron la invitación a la mesa de Licaón y el resultado fue el Diluvio; acudieron a la comida de Tántalo y ahí están las historias de pelópidas y atridas que se peleaban ya en el vientre de su madre; fueron a la boda de Tetis y Peleo, y allí se fraguó Troya con la célebre manzana de la Discordia. Sin embargo una vida sin dioses (sin valores) no merece ser vivida. Lo que pasa es que los dioses se aburren con los hombres cuando no les pasa nada. De ahí que nos metan caña, qué sería de nosotros sin conflictos?

Los arquitectos y sus construcciones, secularmente aliados con el poder, han dado siempre fe de los valores dominantes en la sociedad en que han realizado sus trabajos. Sin necesidad de remontarnos más allá, en la Edad Media (y Moderna) no podía edificarse ninguna construcción por encima de la altura de la iglesia, y hoy en día los edificios más altos son los de las multinacionales, de los Bancos y de las compañias de Seguros. El término "secular" que he utilizado no parece correcto, pues su carácter sagrado se explicita todavía en Roma donde el responsable y encargado de la construcción de puentes era nada menos que el Sumo Pontí-fice. Su carácter de sagrado era evidente en la antigüedad cuando desde los menhires a los dólmenes, monumentos megalíticos, santuarios astronómicos como Stonehenge cerca de Londres o las taulas de Menorca, las pirámides, las tumbas y mausoleos, por no decir todo edificio comunal, estaban estrechamente relacionados con la muerte. Pero no nuestra muerte actual que es el fin de la vida, sino la muerte enterrada de la que surge la vida en su ciclo estacional y que revitaliza el espíritu del grupo, del clan, de la tribu, de la especie.

Entendemos que en la Historia se utilice el término Paleolítico para designar la Edad de la Piedra antigua, pero preferiríamos -y nos atrevemos a sugerir- que en la Antropología ese término se sustituyera por el de Hierolítico, la Edad de la Piedra Sagrada: se identificaría mejor con los contenidos y objetivos de sus estudios, al tiempo que marcaría por dónde van -o deberían ir- los tiros en sus investigaciones.

Por si faltaban argumentos y algún escéptico no lo tiene claro todavía, recordamos que el término griego litos significa "piedra"..., pero también "pueblo".

Otra conclusión inevitable de todo lo expuesto hasta aquí, es que para nuestros ancestros primitivos todo su mundo y su vida era sagrada y espiritual. No hay Historia Sagrada sino que es la Pre-Historia la sagrada. Lo que pasa es que los términos "sagrado" y "espiritual" no tenían para ellos el sentido exultante y poético que les damos nosotros. Lo sagrado era lo impuro, lo tabú, de lo que había que defenderse por su hostilidad, por aplicarse a todo lo relacionado con el espíritu, la muerte, el (re)nacimiento; y el espíritu -que residía en la piedra, en la madera, en el agua, en el aire, en el hálito, l'elan vital...- era malo, era hostil, pues fue creado como proyección psicológica de nuestro miedo al muerto como efecto de nuestros remordimientos que nos hicieron temer que nos habría de castigar (nos exorcizamos de él otorgándole entidad e incluso divinizándolo para convertirlo de hostil en protector). Precisamente por eso, en los sacrificios (originalmente nocturnos) los parientes y asistentes se vestían de negro para camuflarse en las sombras de la noche con el fin de no ser percibidos por el enfadado espíritu del muerto, lloraban ruidosamente para aplacar la ira del difunto (de paso que por magia mimética se forzaría a la naturaleza a llover), al acabar el sacrificio el oficiante regresaba a encerrarse en su casa corriendo que se las pelaba..., etc. Por eso era el espíritu el culpable de todas las desgracias y enfermedades, cuya cura general era mediante exorcismo (para liberar al enfermo del espíritu causante de la enfermedad). Por eso los varones no podían comer habichuelas, porque el espíritu que se aloja evidentemente en ellas (compruébese la ira ruidosa con que escapa de nuestro bajo vientre) no podría re-encarnarse mediante el embarazo, pues era el espíritu (santo, sagrado) el que preñaba a las vírgenes, se llamaran María o no. Y el tabú de esta simiente perduró hasta el siglo IV clásico adne.! por lo que su supresión se celebraba en Atenas con la comida festiva de la Habichuela el día 8 del mes de Pianepsión (octubre) justo antes del ritual del mundo de los espíritus (de los difuntos, de los santos -sagrados-, que es lo mismo, aunque los hayan separado al día siguiente para burlar sus orígenes paganos, o por simple repelús), como celebración del comienzo de la Muerte de la Naturaleza en el invierno. Pero todo esto forma parte de otra historia que no es ahora el momento de contar.

Laodamía, Lelaps, Galatea..., Adán del barro, Eva de un hueso, Epimeteo de la arcilla en la que Prometeo infundió una chispa de fuego -la que robó del carro de Helios el sol o del rayo de Zeus-, las esculturas de piedra que están vivas, imágenes llenas de magia..., quizás sea por eso, porque las religiones persiguen la magia, por lo que el monoteísmo no soporta las imágenes, aunque el catolicismo las ha recupera-do a través de las numerosas epifanías y manifestaciones locales de su diosa la Virgen y Madre María.

En el museo de Corinto vi moverse las correas de cuero de la falda de un guerre-ro. Debía hacer corrien-te y el aire las movía. Me acerqué y las toqué..., las co-rreas no eran de cuero, eran de piedra! Pero yo las vi moverse. Lo juro por las aguas del Estigia.

 

(No se citan fuentes ni bibliografía por basarse el estudio en hipótesis personales y en mitos que pueden encontrarse en cualquier manual, no siendo relevante un texto preciso de los mismos)

 

Otra bibligrafía de autor:

LÓPEZ Gutiérrez, Juan José. (1994): Los Dioses bajan del Olimpo: Historia de la humanidad a través de los mitos griegos, T. I y II. Centro Andaluz del libro, Sevilla.

LÓPEZ Gutiérrez (Juanjo). (2001 y 2006): Propuesta de una cronología de la Prehistoria sagrada sobre bases arqueológico-geológicas y mitológicas (El migo como Ley y Moral). http://galeon.com/martin-cano/mitocomoley.html

LÓPEZ, Juan José y MARTÍN, María José (1998 y 2004): Una mirada provocatica y femenina a la Mitología como fuente en la ciencia de la Antropología. (Sevilla, España). 7.211/98 (SE). Trabajo presentado en la UNED, Centro Asociado de Sevilla, curso académico 1998/1999 de Psicología. http://galeon.com/martin-cano/mjosemartin.html

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